El Igna

Hace unos años decidí que quería escribir algo sobre cada uno de mis importantes. Mi mamá, mis hermanos, mis cuñados, mis amigos, mis sobrinos. Dejar por ahí, en palabras, para la posteridad lo que han significado para mí. Porque, como dicen por ahí, hay cosas que se pierden para siempre: el tiempo que no aprovechamos, las palabras que no dijimos y las cosas que dejamos sin hacer.

Desde entonces mi familia se multiplicó. Tengo dos sobrinos más, los mayores crecieron y algunos hasta se casaron, como siempre he hecho nuevos amigos, buenos como es sabido. Me casé, me llegó una nueva familia política y, como si todo eso fuera poco, apareció lo más especial de mi vida: Juan Santiago; mi hijo.

Así que quiero retomar la buena costumbre.

Aunque sé que esto puede generar polémica porque tengo dos nuevos sobrinos políticos que seguramente van a reclamar propio blog. Advierto, ya les llegará su hora. Esta vez le tocó al Igna, quien además, ese mismo día que lo conocí, me preguntó cuándo le tocaría un blog a él y un cuarto del hotel a él.

Esposo de María. Yerno de mi hermana. Sobrino mío, nuevo primo de mi hijo y una gran adición a esta familia que no para de echar ramas.

Cuando conocí a Ignacio veníamos recién salidos de pandemia. Fue con María a visitarme al hotel para conocerlo. María me había avisado cuánto quería que yo lo conociera; era importante que yo lo acogiera para ella, porque yo soy una tía muy cerquita, la tía Helen. Pues bien, muy a su estilo, solo tuvo cosas especiales para decir.

Es que Nacho nunca se queda corto de piropos. Con quien conoce y con quien no. Nacho es un tipo agradable, no encuentro una palabra mejor.

Agrada. Hace sentir a quienes están cerca importantes, interesantes y queridos. Una cualidad que, por estos días, me parece cada vez más valiosa.

En mi casa somos divertidos, entretenidos, hospitalarios, generosos y, por supuesto, fantásticos. Pero toca decir que agradables, así agradables como el Igna, no sé. Bueno, sí sé. No somos eso, sin que eso sea tan malo. Así que es una de esas cualidades que le envidio.

Durante un tiempo incluso pensé que podía ser contraproducente. Que tanta amabilidad, tanto interés y tanta disposición a encontrar algo bueno en los demás podía parecer complacencia. Porque yo, desde mi muy particular manera de ver el mundo, siempre pensé que demostrar que alguien no me caía bien era una especie de prueba de transparencia. Como si ser transparente exigiera necesariamente mostrar los dientes de vez en cuando.

Digamos que confieso que para mí ser agradable es un esfuerzo consciente. Ser educada no. Pero mi imprudencia, mi afán de tener siempre una opinión, mis juicios y mi forma de burla me han dejado lejos de esa virtud. Sin dejar de ser chévere, eso sí.

Hasta que llegó Ignacio.

Hace unos meses —y él no sabe esto— Pablo y yo lo comparamos con ChatGPT.

Perdón, Igna. Ya verás que se pone mucho mejor.

En ese momento la comparación no era necesariamente un piropo. Aunque siempre nos ha parecido muy difícil criticarlo porque el man es incuestionablemente adorado. Nos parecía que siempre encontraba la respuesta amable, la palabra correcta, la manera de no incomodar a nadie. Como ChatGPT, que uno siente que a veces le contesta exactamente lo que quiere oír. No es que se sienta: es que así está diseñado.

Pero con el tiempo entendí que habíamos entendido mal.

Porque la realidad es que yo sé que Nacho no está de acuerdo con todo el mundo. No le gusta todo el mundo. Seguramente tampoco le caemos bien todos todo el tiempo —y después de conocer mejor nuestra familia me parecería incluso sospechoso si así fuera—.

Lo que pasa es que sabe ser agradable incluso cuando no está de acuerdo o no somos su cup of tea. Que alce la mano el que logra eso. Seguro son pocos.

Resulta que eso que encontramos parecido al Chat, de repente, me pareció una forma maravillosa de carácter. Un gran carácter.

A mis 44 años, después de varias patadas de aprendizaje que me ha dado la vida y con mi ya famosa cuchara, esa con la que me ha tocado tragarme mis propias palabras más veces de las que quisiera reconocer, empiezo a entender que ser agradable puede ser una forma bastante superior de andar por el mundo.

No siempre hay que tener la razón. No siempre hay que demostrar cuánto sabemos. No siempre hace falta dejar clarísimo lo que no nos gusta. Misión casi imposible para mí.

A veces basta con hacer sentir bien al que tenemos enfrente, al lado, detrás, encima o debajo.

Y Nacho tiene ese talento.

Y gracias a eso puede interesarse y, como un niño, volverse esponja. Desde su buena onda, pregunta, indaga, oye, se interesa. Creo que genuinamente piensa que hasta en la persona más lejana puede haber algo que aprender, una historia que escuchar, una oportunidad que descubrir o una conexión que uno todavía no sabe para qué puede servir. Incluso estoy segura de que le gusta el reto de que lo obliguen a cambiar de opinión.

Y no le pasa solamente con la gente.

Le pasa con la música, con la comida, con el arte, con los libros, con los espacios, hasta con la espiritualidad, la política, el trabajo, los negocios y hasta con mi chiquitín de cuatro meses, que todavía poco sabe.

El Igna parece ser un tipo de mundo, pero yo creo más bien que es un tipo que anda por la vida con hambre de mundo. Le gusta conocerlo, probarlo, entenderlo y, sobre todo, agrandarlo.

Y mientras tanto va haciendo el suyo. Aprendiendo a moverse dentro de caminos que ya estaban trazados y encontrando, poco a poco, por dónde abrir los propios. Cediendo en unas cosas, escogiendo otras, aprovechando las que quizás la vida le puso fáciles y haciéndose cargo de las que seguramente no lo han sido tanto. Entre las ventajas y los desafíos de trabajar con familia —tema del que, modestia aparte, algo sé—. Mientras construye su camino y, al lado de María, empieza a construir su propia familia.

Yo siempre he sido recelosa cuando se trata de mis sobrinos.

No importa cuál.

Los quiero de una manera en la que inevitablemente sus parejas pasan por una especie de examen silencioso que probablemente nadie me pidió hacer. Me importa conocerlas, quererlas, incluirlas y, sobre todo, saber que mis sobrinos están felices construyendo esas familias nuevas que empiezan a desprenderse de la nuestra.

Así que a Nacho le puse el ojo desde el primer día. Él no lo sabe, pero lo he evaluado desde todos los ángulos que he podido.

El problema es que conocer al Igna no es tan fácil como parece. Porque Nacho no habla mucho de Nacho.

Habla de los demás. Les pregunta a los demás. Se interesa por los demás. Y cuando uno cree que finalmente va a contar algo suyo, ya logró elegantemente devolverle la conversación a uno.

En un viaje reciente, Pablo y yo decidimos acabar con eso. Nos propusimos conocerlo. Pero conocerlo de verdad. Sin dejarlo escaparse por las tangentes, sin permitirle entrevistarnos y devolvernos cada pregunta. Íbamos a conocer a Ignacio así nos tocara a escobazos.

Porque nosotros, a diferencia de él, no somos tan agradables.

Y la estrategia funcionó. Nacho nos abrió una puertica.

Muy a su estilo, claro. Nos habló de él, nos contó cosas suyas y hasta le vimos, hablando de política, un lado un poquito menos agradable.

Nos fascinó.

Ahí estaba. El gran Igna.

No porque necesitáramos encontrarle un defecto, sino porque detrás de toda esa prudencia apareció un pedacito más de él.

No describiría a Ignacio como reservado ni como tímido. Creo que es prudente. No tiene hambre de atención. No necesita ser el más importante del cuarto.

Me da la impresión de que lo que quiere es algo mucho más sencillo: que lo quieran, que lo incluyan y que le den el privilegio de entrar a mundos nuevos.

Conozco poco a la familia de Nacho, pero hoy puedo entender perfectamente de dónde puede venir esa manera suya de estar. Y también entiendo por qué ha escogido hacer su propio sello mirando hacia afuera, aprendiendo de otros, sin tanta necesidad de hacerse “importante”.

La prudencia, sospecho, le está dando una ventaja. O quizás se la ha dado toda la vida.

Y entonces vuelvo inevitablemente a Juan Santiago.

Desde que nació pienso mucho en las personas que lo van a rodear. En todas esas cosas que aprenderá sin que nadie se siente formalmente a enseñárselas.

Me emociona pensar que mi hijo puede terminar siendo una especie de compendio de las virtudes de quienes tiene cerca. Que de uno aprenda una cosa. De otro, otra.

Y me encargaré de que del Igna no deje pasar dos cosas: la capacidad de ser agradable y la prudencia de los que no necesitan demostrar todo lo que saben.

Porque ahora entiendo eso de que la prudencia hace verdaderos sabios.

Al Igna le deseo justamente eso: sabiduría para compartirse un poquito más. Espacios nuevos para seguir aprendiendo y agrandando ese mundo suyo que me late que es donde encuentra buena parte de su felicidad.

Le deseo hijos que se nutran de sus virtudes y que, para completar semejante mezcla, reciban también esa autenticidad desbordada de mi sobrina María, capaz de llenar una casa con su manera loca, inadecuada, un poquito extra y maravillosamente mágica de existir. Como dice Pablo: bonita mezcla les tocó.

Y a ti, Igna querido, que sin proponértelo y probablemente sin saberlo, a mis 44 años me enseñaste algo nuevo: que siempre gana el que deja al otro un poquito mejor de como lo encontró.

Celebro que mi Juan Santiago crezca rodeado de gente como tú: gente que le despierte preguntas, le abra mundos y le enseñe sin sentarlo a aprender. Y que, mientras va armando con pedacitos de todos nosotros la persona que algún día será, se lleve algo tuyo: esa curiosidad por el mundo, esa prudencia para habitarlo y esa rara y fantástica capacidad de hacer sentir bien a quienes se cruzan en su camino.

Mira, sin saber a qué hora, ya estás dejando tu legado, aunque todavía no tengas cuarto.