El último año he vivido contando la vida en semanas: de la 1 a la 39. Después de coronar la semana 39, volví a contar; nuevamente en semanas por un rato y luego en meses. Bueno, era de esperarse. Así se cuenta la vida de los bebés. Así también se les compra su ropa. Aunque, en el caso del nuestro, la talla 0-3 le duró un suspiro y, ahora que tiene 3 meses, le queda mejor la de 6. Es que mi hijo está en el percentil 90, un gigante total en Colombia,
El tiempo es definitivamente relativo; los primeros tres meses de vida de Juan Santiago me han parecido toda una vida. Y sí, son TODITA la vida de él, solo que siento que yo la he vivido igual.
Curioso entender el tamaño del tiempo. Pasé de creer que la vida sería larguísima, hace unos años, cuando creí haber "ganado el juego", a pensar que no me alcanzarían las horas para disfrutar la vida con Pablo. Y ahora, viendo la vida de otro, la de mi hijo, pienso que en una sola semana pasan un millón de cosas. El tiempo parece ir rápido, pero también como si estuviera detenido. No sé, es difícil de explicar. Él crece a lo ancho, a lo largo, a lo alto y en profundidad. Es un crecimiento multidimensional. Y mientras yo quisiera dejarlo exactamente como está, cada semana deja de ser un poquito el bebé que conocí para convertirse en uno nuevo, aun siendo exactamente el mismo.
Mi hijo nació un 7 de mayo. Llegó por cesárea, a las 3:35 p. m. Lo "recibieron" Mario, mi médico, y su papá, mientras su mamá lloraba, temblorosa y sollozante, de unos nervios curiosamente inexplicables que empezaron desde el momento en que supe que sería cesárea.
Como si fuera para el matadero, y mientras Pablo se quedaba cambiándose para entrar a cirugía, me encontrépor el camino con mi mamá. Le cogí la mano al vuelo, muerta del miedo, sabiendo que esta experiencia no se vive en cuerpo ajeno. Que sería mi experiencia de vida. Solo mía. Intransferible.
Estaba ahí, sola, en una sala de cirugía, mientras me alistaban y me ponían la anestesia. Yo solo contaba los minutos para que Pablo reapareciera.
Despierta, oyendo, oliendo y sintiendo todo lo que pasaba, con la única dicha de no sentir dolor y con la angustia —y la felicidad— de no ver la carnicería que, no digamos mentiras, es una cesárea. Toda es una experiencia muy surreal.
Pero Juan Santiago no fue sino salir y lloró contundente pero tranquilamente. Todo perfecto, como ha sido su vida desde que nació: el niño más fácil del mundo. Mientras yo lo veía de reojo, a él y a su papá emocionados conociéndose, sentía una tranquilidad inmensa de saber que todo estaba bien. Pero yo seguía llorando. Asumo que era miedo, pero ya no miedo por él, sino por mí. Lloraba con tranquilidad y con una certeza absoluta de que todo estaba bien con mi chiquito.
Pero preguntaba incansablemente:
—¿Y yo? ¿Cómo estoy yo? ¿Qué falta? ¿Cómo estoy?
Como entregada a quienes me tenían, literalmente, en sus manos.
Pablo ya se había ido con el bebé para que lo revisaran y a mí todavía me faltaba un pedazo largo. Ese que se hace sola.
Mierda... las mamás sí que son muy valientes. Tan impresionantes. Ninguna, creo yo, ante ninguna situación titubea.
Nada de esto me lo había imaginado. Ya había conocido a mi chiquitín y la cara de felicidad de Pablo me decía todo.
La primera frase que me dijo fue:
—¡Todo perfecto, Amore! - Se me parece a Julio.
Me lo puso en el pecho. Le di un beso, lo saludé y, desde ese primer momento, le dije:
—Hola, mi Piojo lindo. Yo soy tu mamá.
Sí, es un momento muy emocionante. Muy especial.
Juan Santiago “el piojo” Lemoine Dávila nació perfecto. Tranquilo. En paz. Plácido. Como ha sido hasta hoy.
Algunos dicen que es porque su papá es tranquilo. Seguramente la genética tendrá algo que ver. Pero yo también creo que mi pequeño llegó a mi vida en el momento más sereno y tranquilo de la mía. Llegó cuando ya no vivo a millón, cuando dejé de perseguir dragones y de buscar aventuras lejanas, cuando las grandes ambiciones dejaron de medirse por lo que hago y empezaron a medirse por la paz con la que vivo.
Y además, el martes, el pediatra me confirmó que la genética es un pedazo, pero que la tranquilidad de los papás en la crianza también se aprende. Así que a Pablo le tocó reconocer que yo también tengo mi aporte. Aunque cueste creer que justamente yo aporte tranquilidad.
Ese 7 de mayo, como por arte de magia, desapareció todo el peso y la desesperación que me había causado el embarazo. Empecé otro tercio. En este, el cuerpo volvía a sentirse mío. La mente, mía. La vida, mía. El hijo, por fin, nuestro.
Entendí entonces que la "libertad" de mi hijo, su independencia para respirar al existir fuera de mí, también me devolvía el aire. Mientras él empezaba su vida, yo recuperaba la mía. Dejé, en cuestión de minutos, de ser un horno. Y esa aparente separación fue, paradójicamente, la que más me ha hecho sentirlo cerquita.
No sé. No me gusta pensarlo porque me da miedo que eso tan bueno no dure tanto. Todo ha sido fácil. Natural. Como si siempre hubiera sido mamá.
No sé si eso será el instinto maternal del que hablan. Al final, ya nada de lo que me dicen me lo creo, porque me habían pintado esta primera parte de la maternidad como un martirio y no me ha parecido así. Me ha parecido casi que innata y agradecida.
Las primeras semanas, que repito siento fueron hace marras, estuvieron llenas de incertidumbre. Llegamos a la casa solos, a reencontrarnos con mi adorado Eugenio y a enfrentarnos a un espacio que no sabíamos cómo haríamos nuestro. A descubrir una rutina que nadie podía prepararnos para entender y que, hoy en día, no es tan rutinaria, a decir verdad. Todavía está en proceso de construcción.
Y, además, por primera vez en nuestra vida, tendríamos ayuda permanente en la casa. Alguien que evitara que yo me volviera loca alimentando a Pablo; porque los hombres comen, a sobrevivir mientras aprendíamos a crear rutinas y, de paso, a cuidar a un ser humano adicional. Katy nos salvó la patria. Ha sido un apoyo enorme para nuestro matrimonio y para esta nueva vida que todavía estamos aprendiendo a organizar.
Mis hormonas volvieron de la locura a los llantos inconsolables. Angustia, felicidad, tranquilidad, agobio... todo en uno. El regreso de mi medicación y el dolor inicial de no haber podido lactar sino como 3 días que, aunque fueron poquitos, para mí fueron importantes.
Luego vino la novedad: todo el que nos quería, quería conocer a mi pequeño. Y nosotros, con ganas y nervios de que lo conocieran, pero siempre con la idea en la cabeza de que nuestro hijo recibiera tanto amor como fuera posible. Con cuidado, sí, pero con los nuestros no queríamos que el miedo y tanta paranoia nos aislaran. Y logramos que no fuera así.
Ha sido muy lindo ver a los abuelos disfrutarlo desde el segundo en que Juan Santiago sacó sus antenitas al sol. Para unos es el primer nieto; para otros, el octavo. Pero la ilusión es exactamente la misma. Y también ha sido una dicha que nuestro pequeño esté aprovechando a sus abuelos todo el tiempo que sea posible. Siempre supimos que nuestro hijo estaría tan bien rodeado como nosotros.
Me gusta cuando Pablo, mi marido creyente, dice que siempre ha sentido que él es el favorito de Dios. Yo a eso mismo le llamo suerte, porque en esa área de mi vida siempre he sentido que he sido muy afortunada. Juan Santiago ya estoy convencida: es el suertudo favorito de Dios.
Eugenio se portó como un príncipe. Aunque al principio estuvo súper ansioso y sus ojitos sí dejaron ver algo de celos cuando la mamá tenía alzado a su hermano y ya no podía jugar con él, poco a poco fue encontrando su lugar. Hoy, cuando oye llorar a Juan Santiago, inmediatamente se acerca a ver qué pasa y, sobre todo, a comprobar que yo esté cerca porque su hermanito necesita algo. Es tranquilo, lo acompaña, se le acerca con una delicadeza infinita y, como puede, también busca sus espacios conmigo.
Porque, aunque yo sé que Eugenio entiende que Juan Santiago será su cuate, también perdió un pedazo de una mamá que durante más de cinco años fue primero, segundo y tercero para él. No había más extraños: éramos él y yo. Y ahora, en muy poco tiempo, somos el doble.
Yo, al segundo día, ya andaba borondeando por el mundo. Tal vez el no estar preparados para nada, ni imaginarnos cómo sería nada, ni tener ningún plan; porque tampoco estábamos rodeados de amigos viviendo lo mismo, nos ha hecho ser más naturales, menos prevenidos. No nos comparamos con nadie, no tenemos presiones. No sé, es una maternidad muy nuestra, sin ruido.
Tenemos familias grandes y, además, deliciosamente chicludas. Y fue, para mí, a ratos delicioso y a ratos agotador. Todavía me estaba poniendo al día conmigo misma. Pero estuvo bien. Aparte de un par de días de agobio, más por estar en función de atender que por el niño, luego fuimos “pasando de moda”.
De 0-3 el tiempo es tiempo bebé. No hay hábitos, no hay manos libres, siempre hay brazos ocupados y es más difícil tomar decisiones. El horario y el tiempo los marca el bebé. Y yo, por fortuna, podía darme todos los espacios que fueran necesarios. ¿Y mi trabajo? Hombre, no les miento, poco pienso en eso. La licencia de maternidad está bien pensada; la cabeza no da para tanto, al menos la mía.
Tener a Pablo en la casa, en plenas elecciones, y en estas elecciones particularmente, en cambio, fue difícil. Juan Santiago nació en el momento más estresante del trabajo de Pablo y lo vivimos entre la casa. Eso sí me supo a mierda. Fue la primera adaptación. Tener a Pablo en la casa era rico, pero tener su oficina dentro de la casa no. Licencia se dio poca; no podía. Estaba acá, pero no presente, sino intermitente. Esa fue la primera prueba. Tal vez más dura para mí que para él, pero la pasamos.
Es que estamos construyendo nuestro matrimonio y nuestros acuerdos mientras llega un tercero a poner también sus cinco centavos. Y, en medio de tensiones, no muy graves, fuimos ajustando. Pablo es un tipo receptivo; poco perceptivo por sí mismo, pero siempre con la intención de mejorar. Yo, analítica y más perceptiva que un sensor de aeropuerto. Y además jodo, ¿por qué, porque no? Por esta época siento que puedo. Aunque, a veces, me torture hacerlo. (Es lo mínimo, pensarán varias).
Luego ha venido sucediendo una cosa que solo puedo suponer que a todas las mujeres les pasa, y eso que yo no estoy lactando. La mamá, sin duda, juega un papel más protagónico, más fundamental, en la vida del bebé, pero sobre todo en la de la familia.
Yo no creo que esté cansada tanto de todo lo que me toca hacer del bebé, sino de lo mucho que una mujer piensa. O, al menos, de lo mucho que yo pienso. Pienso en el futuro, en el presente, en el pasado y hasta en sentido contrario. Planeo, organizo el registro civil, el pasaporte, el mercado, los pañales, la cremita, el médico, la comida de eugenio, o la lagaña que tengo que quitarle, que a Pablo no se le olvide planchar la camisa para la reunión de mañana, el regalo, la tarjeta, el cumpleaños de mi mamá... Veinticinco millones de cosas que suceden al interior de la cabeza de una mujer que "opera" su hogar y su familia.
Y yo siento que el mundo se cae si yo no lo sostengo. Sorpresa: el mundo no se cae, pero dejarlo caer es un esfuerzo difícil de aceptar.
Entonces, cualquier cosa de más me pesa. Yo veo ese peso; él no, porque ocurre en mi cabeza, no afuera. Y un gramo adicional voltea la balanza y, ¡tomá!, el que lleva es Pablo, por desconsiderado, por no entender las diez mil cosas que yo hago, pienso y programo para tener la vida que tenemos. A veces pareciera que no supiera lo afortunado que es. Pero supongo que es solo cuestión de perspectiva. La misma que a mí me falta para darme cuenta de que sí lo sabe, incluso dice constantemente y muy a su manera que el cree que el día de la madre debería ser más importante que la navidad el año nuevo o cualquier otra fecha porque es consciente de lo que viven las mamas
Yo cargo con el peso; él, con las consecuencias de ese peso.
Así apareció una soledad nueva para mí. No la de estar sola, porque no lo he estado. Pablo siempre está. Ese hombre es de lo más firme que hay. Pero sí hay una parte de esta maternidad que ocurre en un lugar al que nadie tiene acceso: mi cabeza. Ahí hago listas, anticipo problemas, organizo el mundo y sostengo un montón de cosas que, como nunca se ven, pareciera que no existieran. Y cuando ese mundo se desordena o tambalea, él recibe el coletazo de una ola que nunca vio crecer.
Talvez hasta ahora esa ha sido la parte más desafiante de mi maternidad: no criar a Juan Santiago, sino cargar un universo “invisible” que se siente infinito, mientras, además, hago mi propio proceso de hacerme mamá que, aunque me parezca natural, es nuevo. Llevo haciéndolo apenas tres meses. Soy una absoluta inexperta, tanto para el matrimonio como para la maternidad. Ahí es donde el tiempo, a ratos, juega a favor y, a veces, en contra.
Pero en medio de toda esta nueva vida, he podido encontrar espacios para volver a hacer uso de mí. El trabajo todavía es muy entrecortado y confieso que me alegra tener el equipo que tengo. Y, por otro lado, quiero poder volver, en algún momento, a ser un buen aporte, a meterle perrenque, a hacer lo mío, a aprovecharme. Pero, por ahora, es simplemente imposible. La licencia de maternidad tiene su razón de ser, no hay duda alguna.
Por fortuna, mi hijo es comprensivo, como su papá. Estoy segura de que entiende que la salud mental y física de su mamá depende también de su generosidad conmigo y que, cuando le robo tiempo de lo que yo pensaría debería ser suyo, me lo permite como mejor puede. Mi chiquitín me quiere tanto que me deja ser yo, en sus propias condiciones, pero estoy convencida de que lo hace por y para mí.
Me gustó eso que me dijeron durante el embarazo: que no me preocupara, que uno tenía los hijos que eran para uno. Creo que Juan Santiago me entiende bien. Era el perfecto para mí.
Mientras tanto, al papá la vida también le cambia, pero yo creo que no tanto, pero no soy papá. Lo cierto es que sí, es desigual. Aun con las enormes libertades y el contexto tan privilegiado que tengo, siento que para él es más fácil. Y supongo que, cuando la cuerda está corta, esa diferencia termina convirtiéndose en rabias injustas porque, al final, la naturaleza, aunque perfecta, justa no es.
Hoy mi piojo ya sostiene su cabeza, sigue durmiendo como un predicador con las manos sobre la cabeza, ya se pega sus carcajadas, mira con esos ojos que derriten a cualquiera, ya pasa la noche como un reloj y con cada ruidito que hace nos llena todo el corazón, Pablo y yo no vemos la hora de ir cada mes al pediatra para que nos hablen de él, nos cuenten los cambios, nos digan qué viene y, sobre todo, que todo está bien. Y además encontramos dos noches a la semana para intentar, así sea un poco forzado, encontrar espacios para ser “adultos” y hablar de cosas inventadas que no sean de lo único que es fácil y natural hablar: nuestro hijo.
Mientras lo vemos crecer con el implacable paso del tiempo, nosotros vamos volviendo, poco a poco, a una ilusoria vida que teníamos antes. Él más que yo. Sobretodo porque, yo todavía no sé bien cómo es que quiero que se vea mi vida de aquí para adelante. Pero supongo que de 3 a 6 meses aparecerán nuevas respuestas porque el tiempo no se queda quieto, así yo siga contándolo de mes en mes.