A solo días de conocer a mi hijo, quise terminar este escrito que llevo meses escribiendo, como mi mente ya no es tan ágil me ha tomado 5 meses y lo he hecho entrecortado. Fue difícil juntar los pensamientos que registré como pude durante estos meses. Pero como uno escribe como piensa y ahora mi mente piensa diferente, acá va mi mejor esfuerzo por tratar de unir los pensamientos sueltos en tiempos sueltos.
Después de haber vivido y registrado el primer pedazo del embarazo en un blog anterior —y de haber atravesado el duelo de este cambio tan drástico de camino— sentí que registrar esta segunda mitad tenía un valor importante. Sobre todo, para que, cuando llegue la “amnesia de madre”, no vaya a ser que se me olvide la experiencia tan profundamente humana —o tal vez más bien debería decir tan animal y primitiva— que ha sido para mí el embarazo.
Pablo dice que Borges decía que: “olvidar lo malo también es tener buena memoria”. Supongo que para esta experiencia aplica perfecto, porque creo que me será clave tener “mala memoria” para poder empezar a disfrutar mi nueva maternidad y gozarme mi nueva familia, después de meses de haber “padecido” este embarazo. Además, se vale hacerle honor a unos meses que ya hacen parte de esta segunda temporada de mi vida y que, a pesar de todo, me han sorprendido por lo alucinante de la naturaleza, pero sobre todo por lo poderosas que somos las mujeres. Para los creyentes les informo: Dios es mujer. Imposible nada distinto.
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El segundo trimestre
Pues bien, llega el fin de año 2025 y mi hijo cumple 20 semanas. Segundo trimestre. El que se supone que es el más fácil, el más agradable, el de la energía, el de las hormonas que se disfrutan en pareja, el de la ilusión, el de la barriga que se acaricia con ternura. Ese trimestre aparentemente mágico en donde se compran las primeras cosas del bebé y se empiezan a planear los pormenores de la vida de familia, porque ya hay tranquilidad de que la cosa pegó.
Para mí fue diferente. Tal vez, de los tres trimestres, el segundo fue el más difícil.
Mientras las hormonas seguían haciendo todo tipo de malvares y artimañas con mi cuerpo, mi mente y mi alma, curiosamente también me tuvieron protegida un tiempo de mis desbalances mentales. El primer trimestre pasó con mucha dificultad física, pero con una estabilidad emocional casi inexplicable. Como quien se gana la lotería. Llegamos a pensar —yo, Pablo y mi mamá— que tal vez esto era lo que me “compondría”, que no tendría que volver a medicarme nunca más.
Es que la ingenuidad y pensar con el deseo construyen mundos chéveres. Hasta que no.
Durante meses sentí que, a pesar de todo, mi funcionalidad de adulta seguía intacta. Hasta que, como suele pasar con lo que parece demasiado estable, el 30 de diciembre —justo en la mitad del embarazo— se me “corrió el champú”. Llegó una crisis bipolar.
De repente, por una frustración cualquiera con mi marido —de solo unos pocos meses— me invadieron el miedo, la culpa, la oscuridad, la terquedad y la incomodidad de sentir que ahora tenía demasiado peso encima, ¿en qué momento había yo escogido esta vida? ¿me había dejado meter un gol? Empecé a sentirme debajo el agua, sin poder subir a tomar aire, un ahogo asfixiante. Y, además, era la primera vez que no lo vivía sola: ahora había un espectador 24/7 del que no podía sacudirme.
Alimentada por todo: la presión, la dificultad de habitar esta nueva vida en pareja, el matrimonio reciente, un cuerpo que dejó de responder como antes y un médico —el gran Mario Rebolledo, un aparente crack que todas aman— a quien yo no lograba descifrar ni con quien lograba conectar. Me sentía emocionalmente desprotegida y completamente ajena a lo que significaba este nuevo universo.
Sin recursos para educarme, para hacer preguntas o para tener alguna hoja de ruta, me tambaleaba; la razón se me resbalaba. Pero, sobre todo, estaba indigesta por la mentira más grande que me han contado: que este es el momento más especial y mágico en la vida de una mujer. Yo no lo veía.
De repente como un presagio, pero sin darme cuenta, no quería salir de la cama, no quería lidiar con nada. Pensar que tenía que organizar algo del trabajo, o hacer el mercado o la comida o contestar el teléfono o cualquier chat, cumplir con alguna responsabilidad o coordinar algo doméstico o incluso hablarle a Pablo se volvió una carga inmanejable.
En cambio, solo quería dormirme y “cocinar” al bebé el tiempo que faltara, como un horno simplemente, sin riesgos, sin un “existir consciente”, y entregárselo a su papá intacto, a salvo de mí, para poder salir corriendo de esta película de miedo como alma que llevaba el diablo y poder volver a respirar.
Cosas de mi mente y sus arrugas. Una mente que había aprendido a sobrevivir anticipándose, controlando, previniendo escenarios. Pero para la que el embarazo dinamitó esa estrategia: el cuerpo mandaba, las hormonas decidían y la previsión ya no era efectiva.
Por primera vez, mi terquedad no era lo que me impedía medicarme. Era el embarazo. El litio no era una opción, y todo lo demás se sentía como un lugar gris, donde el miedo y la desesperación pesaban más.
Pensar en otras medicaciones para nivelarme me sacaba de mí: la idea de que algo pudiera afectarlo, de que hubiera el más mínimo riesgo para mi hijo, hacía que la decisión fuera difícil, casi inalcanzable. Aun con sustento médico, mi estómago me decía que tenía que aguantar a palo seco, así fuera hasta la semana 26.
No sabía bien por qué la 26, pero eso era lo que repetían mis pensamientos.
Mientras tanto, Pablo navegaba entre la pausa y la alerta. No porque no le importara, sino porque este no era su mundo. En mi mundo, postergar no es neutral: importa; esperar es más bien combustible. Y las cuerdas aprietan rápido, y muchas veces, siento que solo se puede evitar que ahorquen… si se actúa a tiempo. Eso es difícil de entender y de vivir.
A veces me preguntaba si estar casados era un buen negocio para él. No por falta de amor, sino porque vivir conmigo implica entender que la salud mental no tiene líneas ni instrucciones, que no se arregla con buena actitud, ni con un “vamos conversando”, que no siempre avisa y que la pasividad es un arma de doble filo.
Y aun así, ahí está. Firme. Valiente. Como es.
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Las contradicciones de las ilusiones
Desde el día que supe que estaba embarazada he tenido una cantidad de sentimientos encontrados. Cuando uno nunca ha querido tener hijos, cuando jamás se ha imaginado una vida con ellos, cuando se ha sentido inadecuada para la maternidad, cuando la genética no le permite escoger con pinzas para evitar cosas de lo propio… el giro es bien solitario. Desorientador.
Mientras el mundo alrededor solo me repetía: “¡qué emoción!”, “¡es un milagro!”, “¡lo mejor que te va a pasar!”, “cuando lo sientas, te vas a morir de amor”, yo me he sentido traicionando mis propias elecciones de vida. Irresponsable, incluso. Porque sí: tengo 43 años, pero es 2026 y todos sabemos cómo se hacen los bebés, lo que es evidente es que nadie cuenta cómo es que se cocinan.
En medio de todo esto, dejé de reconocerme. Me miraba al espejo y no encuentraba a la Helena que me cae bien, la que me hacía sentir en casa, la que funcionaba.
El cuerpo tampoco ayudó: náuseas sin vómito, una mente lenta, ineficiente, irreconocible, tinnitus en el oído, mal genio, sueños extraños, olores intolerables, ciática, la pierna dormida durante meses, fatiga para subir o bajar tres escalones, dolor de cadera, articulaciones rígidas. Y, para rematar, no es que me sintiera fea; es que no he querido ni mirarme y me aterra pensar que mi esposo nunca vuelva a verme con ojos de deseo.
A eso se le sumo la culpa. La culpa de no querer quitarle a Pablo su ilusión de ser papá. Su felicidad es parte de la mía, pero no es lo mismo que la mía. Él puede desear su paternidad mientras, yo solo intento descifrar la mía. ¿Y qué tal pensar que mi bebé pueda percibir el rechazo que mi mente a ratos contempla? En la realidad jamás he considerado sacarlo de la ecuación, pero no entiendo bien esta nueva versión, todavía la estoy masticando.
No he sentido ilusión por comprar cosas, ni por los cursos, ni las ecografías, ni por sentirlo moverse, ni por los libros, ni los estudios de fotos. No he sentido esa conexión de la que tantas hablan. Y eso también pesa. Porque aparece otra culpa: la de no vivirlo “como se supone”. La de no poder fingir cuando me preguntan cómo estoy y que solo quiero gritar que odio esto y que quiero que se acabe. No para conocer al bebé, sino para poder salirme de aquí.
Mi experiencia física y mental del embarazo ha sido una de las más agotadoras y frustrantes que he vivido como mujer y, aun así, la biología de todo esto me parece impresionante. Desconcertante. Pero tan abrumadora que no le veo el romanticismo, sino un surrealismo inevitable.
Lo más increíble es que, cuando digo que me siento mal, nadie duda en decirme que todo se pone peor. Que es durísimo, pero maravilloso. Una paradoja bastante cruel.
Siempre pensé que el embarazo no era una enfermedad, sino una condición. Hoy, sin ironía, promovería la incapacidad por embarazo. Porque esto —al menos para mí— ha sido cualquier cosa menos mágica.
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El tercer trimestre llegó distinto.
Ya no es “estoy embarazada”. Es “estoy esperando”. ¡Mi actividad favorita… esperar…magia pura!
Sin embargo, contrario a lo que esperaba ha sido, tal vez, el mejor de los tres. Después de tomar la decisión de medicarme en alguna medida, algo de mí volvió. No igual, pero suficiente.
Entre mis pataleos para encontrar respuestas, me encontré a una mujer maravillosa, María Paulina, que en medio de su curso psicoprofiláctico me quitó tantas dudas y me ayudó a alistarme con Pablo a ser pareja en el camino a ser papás, y nos liberó de un poco de miedos y nos hizo confiar en que seríamos buenos papás, ambos y juntos. Nos reforzo eso de somos una buena pareja, un equipo en contrucción.
Además, volvió a mí ese lado estético, que es lo que me abrió espacio por dentro cuando por fin lo pude ver afuera. Hoy miro la casa que construimos para nuestra familia, la que Eugenio, Pablo y yo gozamos todos los días; veo el cuarto de Juan Santiago y ahí estoy yo, está mi esencia mi aporte a lo nuestro. Es un espacio para los cuatro ahora, mis tres hombres y yo. El cuarto de Juan Santiago, que ni me lo soñé ni lo planeé, solo lo construí con lo que sospecho fue mi primer instinto maternal y, modestia aparte, es de lo más bonito que he creado.
Volví a caerme bien. Mi matrimonio empezó a aterrizar, a acoplarse poco a poco —todavía en proceso, pero bien encaminado—.
Tengo un esposo al que toca darle el crédito: es un hombre diez. Estos 9 meses para el también han sido de crecimiento, no sabría bien cómo describir la evolución y porque hoy lo quiero un poquito más, pero en nuestra relación creo que hasta los defectos nos alimentan el amor; como bien lo dice Pablo. Espero correr con la suerte tenerlo en mi vida muchos años, porque me siento una afortunada.
También volví a ese momento en que le contamos a Amanda que sería abuela por primera vez.
Cuando Pablo, nervioso, intentó mostrarle la ecografía… pero mandó la foto equivocada. Y en medio de la confusión, yo agarré el celular y le dije:
—Amanda, es que estoy embarazada.
Y ella respondió, con esa autenticidad que solo ella tiene:
—¿De Pablo?
Fue imposible no reírnos.
Después vinieron las lágrimas.
Ese día pensé algo que no había sentido antes: quise profundamente que mi hijo se pareciera a su papá. Que heredara toda su genética. Y que de mí se llevara más lo aprendido: hábitos, curiosidad, empatía y algo de esa alegría con la que nací —esa que aparece cuando todo está bien—, pero que, para él, ojalá fuera permanente.
Porque hay partes de mi genética que no quisiera que heredara, talvez algunas virtudes que se saltaran una generación; la mía. Y tal vez esa ha sido una de las razones más honestas —y más silenciosas— por las que nunca quise tener hijos.
Y, aun así, aquí estamos. A días de conocerte.
Entonces, mi querido Juan Santiago: aunque ya no puedo respirar, ni sentarme, ni pararme, ni dormir, ni pensar, ni comer con normalidad… hay algo que sí tengo claro y que me parece chévere que algún día lo leas y lo sepas.
Tu papá nunca dudó. Nunca le tembló la emoción. Siempre estuvo conectado, te ha esperado yo creo que desde antes de conocerme incluso. Dicen que le corre arequipe por las venas, y creo que es verdad: su tranquilidad y sus ganas de criar no lo desvían, solo se le ve la dicha de ser papá; tu papá.
Él ha sido el lugar más seguro en todo esto. Aun sin darse cuenta. Se ha vuelto papá antes que yo. Y ha sido, también, la razón más grande por la que he podido aguantar y comenzar a entender cómo es y cómo va a ser amar a un hijo que todavía no conozco, simple y llanamente porque es un hijo de él.
Mientras tu papá; que tu abuelo dice que es entrenable, ya está listo para ser amigos y ser papá, tu mamá se está alistando y ella también aprenderá, se entrenará y feliz mente dejará esta fase de ser un “horno” para poder volverse tu hogar.
¡Nos vemos pronto mi pequeño saltamontes!